IRA HACIA UN SER QUERIDO QUE HA MUERTO

Después de una pérdida de un ser querido, es frecuente sentir ira. Tuve un caso de una señora cuyo marido murió de cáncer que me dijo: “¿Cómo puedo estar enfadada con él?”. Sentía ira con él por haber muerto y haberla dejado. Si la ira no se identifica y se reconoce de una manera adecuada, puede dar lugar a sentimientos contradictorios y a un duelo complicado.

La ira ante la muerte de un ser querido surge de dos fuentes: de la frustración e impotencia sentida por no haber podido hacer nada para evitarlo, y de una especie de regresión que se produce ante la pérdida de alguien cercano. Podemos entender esta experiencia regresiva con la conducta de los niños. Ante un niño que se pierde en un gran supermercado al ir a comprar con su madre, el niño al comprobar que su madre ha desaparecido va a sentir pánico. El niño va a experimentar sensaciones de miedo y ansiedad. De repente, aparece la madre y el niño, en vez de expresar una reacción afectuosa, va a estar enfadado con su madre a la que puede recriminar que le haya dejado. Al parecer esta conducta forma parte de nuestra herencia genética; significa: “¡No me vuelvas a dejar!”. Algo parecido sucede con la pérdida de un ser querido; experimentamos una regresión con sentimientos similares.

Ante la pérdida de alguien importante se da la tendencia al desamparo, a la incapacidad de existir sin esa persona, y luego a sentir ira que acompaña a esa sensación de ansiedad.

Muchas veces, esa ira se controla de manera menos eficaz cuando se produce un desplazamiento, donde la ira se dirige a otra persona a la que se suele culpar de la muerte. La culpa puede recaer en el médico, otro miembro de la familia…

Una de las inadaptaciones más peligrosas en el caso de la ira es dirigirla hacia uno mismo.  En algunos casos graves la persona con ira siente tal aversión a sí mismo que puede desarrollar una depresión grave o conducta suicida.

La ira que siente una persona en duelo se debe identificar y dirigir de una manera adecuada a la persona fallecida para que se produzca una adaptación sana a la pérdida.