Habrá muchas preguntas que no sabremos responder, pero los niños no buscan explicaciones perfectas, así que no pasa nada por admitir ante ellos que no sabemos determinadas cosas.

Es importante que los niños entiendan que el cuerpo de la persona fallecida ha dejado de funcionar y con él todas las funciones vitales asociadas: el difunto no ve, no oye, no habla, no siente, no le duelen las cosas, no come… Lo que permanece son los recuerdos que tenemos del tiempo que hemos disfrutado con él. Estos se quedan en nuestra memoria y nuestro corazón, y podemos acudir a ellos cuando sea necesario. Las cosas que hemos vivido con ellos perdurarán siempre en el recuerdo.

Una vez que hayamos abordado la muerte física y de las funciones vitales, podremos introducir las creencias religiosas y espirituales en caso de existir. Si el niño no ha sido iniciado en las creencias religiosas, la muerte puede ser un momento demasiado confuso para hacerlo o incluso podemos generar en el niño miedos a las ideas abstractas relacionadas con la religión.

En caso de que sean los padres quienes hayan fallecido o estos se encuentran muy impactados por la noticia y no puedan encargarse de dar la noticia al niño, es muy importante que lo haga otra persona en la que el niño confíe, con quien tenga trato y afecto (un tío, un abuelo…), cualquier persona que sea significativa para el niño. Primaremos la cercanía independientemente del vínculo que les una. Por ello, si la persona encargada tiene que ser la madre de un amigo o su cuidador o cuidadora, será la persona si cumple los criterios de confianza y cariño.

Si las personas que deben comunicar la muerte se ven invadidas por emociones muy intensas, como suele ocurrir cuando se sufre una pérdida inesperada o traumática, es conveniente proteger al niño de situaciones muy desbordantes que puedan asustarle. En ese caso, la persona elegida será la más cercana que pueda transmitirle la noticia de manera triste pero calmada, sin explosiones emocionales que puedan resultar demasiado excesivas o desbordantes para que el niño las pueda procesar.

No es necesario transmitirle al niño toda la información de golpe: empezaremos por contarle lo que consideremos esencial y, después, podremos ir añadiendo detalles de manera gradual, según sea necesario o a medida que el menor nos plantee preguntas.

Al comunicar a los niños la noticia del fallecimiento de un familiar, vamos a encontrarnos con muchas preguntas que cuestionan el porqué de la muerte, en algunos casos similares a las que hacen los adultos: “¿Por qué se ha tenido que morir? ¿Por qué nos ha pasado esto a nosotros?. La mayoría de las cuestiones serán preguntas que intentan variar la situación, que mantienen en la imaginación la posibilidad de que la muerte no haya sucedido. Si hay una explicación razonable al hecho en sí, es bueno contársela al menor, pero también es posible que nosotros nos estemos haciendo las mismas preguntas o que no sepamos qué responder. En ese caso, debemos indicarle al niño que no sabemos si hay una respuesta correcta o que nos vaya a dejar más tranquilos. Es bueno que el niño entienda que a veces los adultos no tenemos respuestas para todo.

Un punto clave es aclarar la responsabilidad del menor frente a la muerte. Cuando hablamos de responsabilidad no sólo hacemos referencia a los casos en que los niños sienten que han provocado el fallecimiento del ser querido, sino también a cuando piensan erróneamente que el fallecido ha muerto disgustado, enfadado, molesto o preocupado por algo que hicieron y que no ha quedado resuelto (sacar malas notas, un parte del cole, una amonestación, un castigo). El pensamiento mágico es muy poderoso en la primera infancia y puede llevar al menor a pensar que un ser querido ha muerto por algo malo que él ha hecho.

Es bueno que les ayudemos a expresar esos sentimientos de culpabilidad tan destructivos, ya que de lo contrario pueden hacer que el duelo se complique o se alargue mucho, porque creen que hay asuntos sin resolver.

Otro de los temas importantes a abordar con el niño es que la persona que ha muerto no va a ser olvidada ni reemplazada por nadie. Le recordaremos que el fallecido permanecerá en nuestra memoria y nuestro recuerdo, y que siempre podremos recordarlo. Del mismo modo, si nos pregunta si puede tener otro papá u otra mamá, le explicaremos que él ya tuvo un papá o una mamá y que no puede tener otro, pero que puede tener a otras personas que le cuiden igual de bien que lo hacía el fallecido

Desde el primer momento hay que explicar a los niños que es adecuado expresar lo que se siente. Los adultos podemos y debemos expresar lo que sentimos. Ayudar a los menores a expresarse por sí mismos, poniendo palabras a los sentimientos o a las emociones. No fingiremos que no ha pasado nada ni aparentaremos una falsa tranquilidad.

Los niños tienen que saber que es normal emocionarse y cuáles son las emociones que nos generan las pérdidas. Conviene explicarles que nos podemos sentir tristes, enfadados, aliviados (en cierto modo), solos, asustados… Sólo es necesario proteger a los niños en el caso de emociones muy intensas o desbordantes.

Por último hay que iniciar al menor en los ritos funerarios. Tras la pérdida de un ser querido, tenemos que explicarle al niño en qué consisten estos ritos de despedida y qué significan, para que entienda que es una forma de homenajear al fallecido, de darle un último adiós en la memoria. Podemos hablarle del tanatorio, de los rituales, de las ceremonias religiosas, etc… que vayan a llevarse a cabo.

No existe una edad específica para que los niños participen en los ritos de despedida. La literatura científica indica como edad mínima a partir de los seis años, pero en Estados Unidos se hace mucho antes. No debemos tener miedo a ofrecerles una explicación sobre el tema: los niños necesitan saber qué pasa con el cuerpo de las personas fallecidas y, aunque a nosotros nos parezca que se van a impresionar mucho, pueden entenderlo perfectamente si les damos una explicación adecuada. En el caso de que el niño vaya a participar en los ritos, debemos asegurarnos previamente de que entiende cómo son y lo que va a ver, oír, cómo es el lugar de la ceremonia, etc. El objetivo es que pueda anticipar con la máxima seguridad la situación que se va a encontrar.

También es importante que estén acompañados y protegidos de las manifestaciones emocionales desproporcionadas.

Con respecto a los adolescentes, es muy importante tenerlos en cuenta en los ritos. Hay que considerarles parte activa del proceso: aunque la situación puede ser triste, más triste es que ellos se sientan apartados de la familia en esos momentos. Después de una pérdida, el sentimiento de pertenencia familiar es muy intenso y no hay que dejarles de lado.